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En los momentos en los que decido desacomodar la vida me refugio en, éste, mi rincón para crear un espacio para la escritura cuando, en realidad me siento en estado de lenguaje escrito. Aunque muchas veces no puedo distinguir qué es lo primero; si la soledad o la escritura. Sin embargo la palabra escrita, su cadencia, su musicalidad y sus cuidados, su intensidad y su intencionalidad me intimidan. No obstante si me lees no me sentiré tan sola, me sentiré reconocida.

lunes, 3 de agosto de 2009

*EL REINO DE ATAHUALPA*



Octubre 2001 me encontró sumida en un mundo de preocupaciones en el que cabían las decisiones, la operatividad para el desempeño de roles diferenciados y de los que no salía ilesa a pesar que yo, siempre, había sostenido que la edad s altanera de una mujer comenzaba a los cuarenta. Casi sin darme cuenta, habían transcurrido cinco meses desde su partida y aquello que fue una promesa, entre lágrimas y risas, se había hecho realidad, llegaron mis pasajes para viajar al Ecuador.
Doce horas separan a Quito de Buenos Aires, en vuelos con escala en Lima-Perú. Inquietud, miedo rabia, todos los ingredientes juntos para muchas noches de insomnio. Los aviones, siempre, me provocaron angustia pero en aquellos momentos sentía que todos mis argumentos eran válidos para justificar cualquier malestar. Reconozco que mi vida es tan intensa como mis sentimientos, que nunca perdí la pasión por ir un paso más allá que mis fuerzas, pero esta vez sentí que flaqueaba. La hora de concretar el encuentro para acortar los tiempos de ausencias había llegado, los plazos se habían agotado. Mientras carreteábamos para el despegue me preguntaba cuanto tiempo me tomaría acostumbrarme a vivir un tiempo en cada país con mi vida a cuestas en dos valijas. Y luego de cuatro horas interminables de vuelo, en las que desde la ventanilla miraba, entre lágrimas y nubes, a mi querido país me repetía ¡tan grande y rico mi país!, ¡ cuánta paradoja cabe en él!, ¡Argentina cuánto me dueles!, sin embargo emigrar era la única salida, al menos por ahora, llegamos a Lima. Escala rápida luego despegue y seguidamente me preparé para abordar mi almuerzo con bastante apetito por cierto. Necesitaba calentar mi cuerpo, el nerviosismo que despertaba mi viaje, me había cerrado el estómago hacia bastante tiempo, y la languidez y el frió me acompañaban a todas partes y me dormí. El anuncio de nuestro arribo a la capital de Ecuador continenta me sacó de la ausencia l. Asomé a la vetanilla y allí estaba Quito. Bello se extiende como una colorida manta abrazando las laderas de la cordillera y desciende bulliciosa. Tuvimos un descenso abrupto pero con final feliz y respiré aliviada. El aeropuerto Mariscal Sucre está ubicado en centro de la ciudad, de modo que se puede saludar a los vecinos de los edificios aledaños durante el descenso. Una vez en el recinto y finalizados los tramites pertinentes a todo desembarco, comencé a buscar entre la gente, que se movía de un lado a otro, los que llegaban y los que partían, una carita que me buscara también. Y por fin, entre tanta algarabía y movimientos, estaba allí parado, esperándome con la misma sonrisa con la que explicitó, siempre, el agrado por nuestros encuentros, con la misma que alentó mis esfuerzos y mis abatimientos, esa persona allí parada era mi marido . Alfredo tiene esa maravillosa virtud o ese terrible destino, tal vez, de transitar montañas, cumbres y valles sin que su apariencia demuestre el más mínimo esfuerzo, no hay en él inclinación por el magnificar. Finalmente entre apretujones y forcejeos , logré salir. Corrí, nos abrazamos y lloré. Lloré por todo, después por nada. En ese instante comencé a sentir que, existir, me era más fácil.

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